Estoy convencido que no conviene pasar por alto las posibilidades de hablar de nuestros reyes, puesto que así iremos haciéndolos habituales en el Aragón del siglo XXI, que buena falta nos hace. Bueno, pues el 27 de septiembre recordamos la muerte de Pedro I de Aragón, el tercer rey aragonés del siglo XI, que murió el año 1104 en los lejanos paisajes del valle de Arán, empeñado en su gran tarea de consolidar sus dominios contra los musulmanes a los que había intentado quitarles tierra durante toda su vida.
Pedro I era rey desde 1094, rey de Aragón y de Pamplona, por ser hijo de Sancho Ramírez, y como él se ocupó de conseguir la gran expansión del territorio aragonés que llegó a incorporar la Sierra de Alcubierre y los Monegros. Pero lo más importante fue la conquista de Huesca, en 1096, después de derrotar al rey al-Mustain II de Zaragoza en la batalla del Alcoraz, en el lugar donde hoy está el campo de fútbol del Huesca. Y por supuesto, el trasladar la capital desde Jaca a Huesca, para comenzar la segunda gran etapa: la conquista de Zaragoza que lograría su hermano Alfonso I el Batallador veintidós años después.
Este es un rey que fue muy amigo del Cid Campeador y a cuyos hijos –Pedro e Inés, los dos murieron muy jóvenes- algunos historiadores casan con una hija y un hijo del propio Cid Campeador. Sea así o no sea así, es bonito recordar a este monarca que se volvería a casar, al quedar sin herederos, con doña Berta a la que al morir él dejaría convertida en gobernadora del Reino de los Mallos.

El 19 de noviembre de 1096 los ejércitos cristianos del reino de Aragón vencieron a los musulmanes que defendían la ciudad de Huesca y pusieron fin, con ello, al waliato de Huesca, convirtiendo la antigua ciudad en la segunda capital del reino de Aragón. Había sido un largo proceso de muchos años, en el que al principio los ejércitos aragoneses bajaban en el verano a recolectar las cosechas de los musulmanes, y en el que al final bajaron a poner cerco a sus poderosas murallas ante las que murió el rey Sancho Ramírez en el año 1094. Pero aquel día, mientras el rey aragonés se muere ahogado por la flecha que ha traspasado el pulmón, su hijo le promete que no cejará hasta lograr la conquista de la ciudad de Huesca. Dos años después se conseguía tras vencer a los ejércitos musulmanes y a los castellanos que ayudaban a los moros en los campos de Alcoraz, donde hoy está el estadio del Huesca, y se entraba en Huesca. Fue Pedro I de Aragón, el tercer rey aragonés quien tomó posesión de Huesca, subió las empinadas calles que llevaban a la mezquita y al castillo, visitó la vieja iglesia mozárabe de San Pedro el Viejo, y comprobaba el buen estado de las potentes murallas. Todo había cambiado aquel día para Aragón, el llano se abría y era obligado seguir caminando hacia al conquista de Zaragoza. Mientras tanto, el rey derrotado, al Mustain II, comprendió que había comenzado el momento del hundimiento del gobierno musulmán del valle del Ebro. Y cuentan las crónicas que
en esta batalla se apareció san Jorge que, desde entonces, fue el patrón del reino.

En estos días finales de septiembre, pero del año 1104 murió el tercer rey de Aragón, de nombre
Pedro I, en el Valle de Arán y sin sucesión pues sus dos hijos –el infante Pedro que casó con una hija del Cid y la infanta Isabel- murieron muy jóvenes un año antes que su padre, seguramente en una epidemia de gripe o algo similar. Su gran hazaña fue
la conquista de Huesca, como consecuencia de su triunfo en la
batalla de Alcoraz en noviembre del año 1096, y la historia le reconoce su disposición a ayudar a los demás reinos cristianos contra los musulmanes, en especial su colaboración con el
Cid Campeador. Durante su reinado, como curiosidad que podemos recordar, Aragón era dueño de una serie de poblaciones de la actual provincia de Castellón, como Oropesa y la misma Castellón.
Cuando uno quiere irse a los inicios de la historia del condado aragonés, necesariamente tendrá que acercarse a la
iglesia de San Adrián de Sasabe o de Sasau, que nos recuerda el lugar de un antiguo monasterio en el que residieron los primeros obispos aragoneses allá por el siglo X. Y al llegar a ese hermoso valle lo primero que nos cautivará el alma es una pequeña iglesia, comenzada hacia el año 1050 y que debió de concluirse unos cincuenta años después, pues asistió a su consagración nada menos que el rey Pedro I de Aragón. La nave rectangular, el ábside semicircular, los arquillos lombardos del exterior nos permiten apreciar su identidad románica, a caballo entre las influencias del mundo lombardo y la omnipresencia del arte jaqués… Pero, a la belleza de todo lo que vemos, se irá imponiendo su valor de símbolo y de referencia para los inicios del episcopado aragonés.

La historia es muy sencilla, el rey pamplonés Sancho Garcés I, conquista el condado de Aragón a principios del siglo X y decide que la hija del conde y su hijo se casen, para originar una única dinastía que gobierne los dos territorios. Y consumada esta operación, se encuentra con que tiene que nombrar un nuevo obispo puesto que su viejo amigo Basilio no ha resistido el duro invierno de las Cinco Villas y se le ha muerto en plena anexión del condado aragonés. El nuevo, un monje cuarentón llamado Galindo, le propone acometer también una nueva ordenación pastoral de sus dominios que acaban de ampliarse y además le propone que cree más obispos que bajo su control atiendan la implantación del Evangelio. Y el año 922, uno de esos nuevos obispos es Ferriolo que recibe el mandato de atender espiritualmente las tierras aragonesas. El problema era donde lo ubicaban. Y para esa cuestión decidieron utilizar un monasterio de prestigio, fundado por los condes aragoneses en la segunda mitad del siglo IX y quizás el monasterio en el que vivía el propio Ferriolo. Por eso, en San Andrés de Sasabe aparece un obispo que atiende las tierras aragonesas en el siglo X y dicen los documentos que allí
“descansan tres obispos”.