Hoy, además de recordar que hace 75 años que nació en Nueva York el actor, guionista y director de cine Woody Allen, podemos recordar que en 1897, en la población de Albalate de Cinca, nació el gran tenor Miguel Fleta que, por cierto, se llamaba exactamente Miguel Burro Fleta y era el último de una amplia familia de catorce hijos, cuyo padre fue tesorero del ayuntamiento de Albalate durante la I República Española. Hablar de este oscense universal, porque era oscense, es hablar de una voz excepcional – que cubría desde el barítono al tenor- que logró triunfar en el Metropolitan de Nueva York partiendo de la rondalla de su pueblo, y que entró en este complejo mundo de la mano de una profesora belga, Louise Pierrick, que le enseñó y lo preparó para tardes tan brillantes como su propio debut en el Trieste en 1919 con la opera de Zandonai titulada Francesca da Rimini. A partir de entonces, en esa decada de 1920, se suceden las galas por todo el mundo y además de frecuentar los escenarios de los grandes teatros europeos, triunfa en lugares tan alejados con China o América del Sur. Fleta moriría en 1938, en plena guerra civil, y muy vinculado al gobierno de Franco aunque su vinculación política es compleja puesto que son famosas sus grabaciones del Cara al Sol, de la Marsellesa y, especialmente del Himno de Riego. Nosotros hoy lo podemos recordar con aquella jota que cantaba a la Calle Mayor de Jaca.
Tal día como hoy, en el año 1922, se estrenaba en el Teatro Real de Madrid el que iba a ser considerado como el mejor tenor de todos los tiempos, el aragonés Miguel Fleta, que poseía una excepcional voz de tenor que cubría desde el barítono hasta el tenor y dotada de un prodigioso ‘aire’ que le facultaba un fraseo prodigioso y una messa di voce que hacía de él un tenor con exquisito sentido de la cantilena y siendo, para mí, el gran exponente de las obras del inigualable compositor dramático italiano, Giacomo Puccini, como demuestra su participación en el estreno póstumo de Turandot, en 1926, en la Scala de Milán, bajo la dirección de Arturo Toscanini.
Tras varias tentativas, Amézola, empresario del Teatro Real de Madrid, logró contratar a Fleta para cantar Tosca, La Bohème, Carmen y Aida, en una temporada que no discurría nada bien en el aspecto económico, que conllevó una muy escasa campaña publicitaria. Pero el éxito, sin precedentes, de su debut con Carmen, el 7 de marzo, fue definitivo para enderezar la maltrecha economía del Teatro, que aún fue mayor, considerando que ocurrió en el feudo de Julián Gayarre y Giuseppe Anselmi y que, además, por indisposición de la mezzo soprano Gabriella Besanzoni, ésta fue sustituida por otra cantante menos conocida.
Así, al final del primer acto, los periodistas se lanzaron a los teléfonos para reclamar a sus directores mayor espacio para sus crónicas, como puede verse –por ejemplo– en el artículo del diario ABC, de 8 de marzo:


Y, para finalizar este artículo, he querido subir a la Red y publicar un programa de Radio Ebro (año 2000), titulado “Los amigos del Bel canto” (de una hora de duración), que rindió emotivo homenaje a Miguel Fleta, en el cual sus dos distinguidos invitados (mi abuela Pilar Gazo y mi tío Antonio Gazo –D.E.P.–), bajo la dirección de Miguel Ángel Santolaria, ilustraron la magnificencia de su voz y recordaron la satisfacción que tuvieron de escuchar en vivo al mejor tenor de todos los tiempos:
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