“El género humano tiene, para saber conducirse, el arte y el razonamiento” (Aristóteles – Ἀριστοτέλης)

Hoy, en este primer domingo después de la primera luna llena de primavera en el que los cristianos de todo el mundo celebran
la resurrección de Jesucristo tras haber sido crucificado, también debemos conmemorar los aragoneses el aniversario del fallecimiento de un personaje fundamental de nuestra historia, de
don Juan Martín de Goicoechea, quien recibió cristiana sepultura bajo el Santo Cristo de la Sala de Oración (actual Museo del Pilar) de la
Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza en el año 1806,
hace ya 204 años.
Este ilustre personaje nació en
Bacaicoa (
Navarra) el 1 de noviembre de 1732, pero llegó siendo niño a Zaragoza, a casa de su tío Lucas de Goicoechea, de quien heredó
una fortuna que incrementó hasta convertirse en la figura más relevante del comercio y las finanzas de la ciudad entre 1770 y la fecha de su fallecimiento, gracias a sus estudios de comercio en la escuela de Lyon, donde entabló relaciones comerciales con numerosas firmas de Francia, Inglaterra, Italia y Holanda.
Sus actividades abarcaron prácticamente la totalidad de las ramas económicas. En
agricultura, impulsó el cultivo del olivar en las tierras de Las Fuentes, plantando 13.000 empeltres; indagó sobre el viñedo y su tratamiento adecuado, a la vez que experimentó abundantes nuevos cultivos en sus heredades. Mientras, en el
terreno industrial, se le consideraba un gran experto en tejidos de lana y seda; también en
fundición, tanto de hierro como de otros minerales, así como en elaboración de aceites y vinos. E, igualmente, en el
campo comercial y almacenista controlaba buena parte de los suministros de trigo, aceite y vino a la ciudad, exportando excedentes y productos manufacturados.
Unas actividades financieras que le llevaron a ser tesorero del
Canal Imperial, apoderado del
Banco de San Carlos en Zaragoza, comisionado en la ciudad para el pago de intereses de vales reales, alma de la
Compañía de Amigos de Zaragoza, que financiaba a seis meses las operaciones de los demás comerciantes, o inversor de 880.000 reales de vellón en la
Acequia de Camarera entre 1788 y 1805, entre otros ejemplos.
Así, sus viajes a Francia debieron de influir notablemente
en el apoyo decidido que prestó al neoclasicismo, que comportaba una transformación general de los conceptos artísticos y artesanales. Infanzón, comerciante, amigo y protector de
Francisco de Goya y Lucientes,
a quien homenajeamos a principios de semana en Fuendetodos, de los tres
hermanos Bayeu y Subías y de otros artistas, este insigne mecenas dotó económicamente, mantuvo a sus expensas y donó a la
Escuela de Dibujo de Zaragoza, creada el 19 de septiembre de 1784 bajo los auspicios de la
Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País y que, posteriormente, se transformó en la
Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, presidida actualmente por el
Excmo. Sr. D. Domingo J. Buesa Conde, toda suerte de láminas, esculturas y medios didácticos, organizando sus clases, y adaptando sus aulas en la
Casa de la Infanta, de Zaragoza, primero, y en el antiguo
Seminario de San Carlos Borroneo, de la Compañía de Jesús, en la zaragozana plaza del Reino, a partir de 1791, donde permanecería hasta 1909, en que se trasladaría a su actual sede en el
Museo de Zaragoza, obra de
Ricardo Magdalena, que fue construido para la
Exposición Hispano-Francesa de 1908, que evocaba
Los Sitios de Zaragoza.
Por ello, sin duda, esta Semana Santa 2010 está siendo también la semana del recuerdo a quienes, de manera inestimable,
colaboraron a engrandecer la historia de Aragón, con el recuerdo a don Juan Martín de Goicoechea y don Francisco de Goya y Lucientes (quien falleció hace 182 años también por estas fechas –15 de abril–), ilustres aragoneses a quienes debemos inmortalizar
por una vida dedicada a la cultura.