Recientemente hemos podido ver en la televisión una serie de capítulos recreando la historia del rey inglés Enrique VIII, un “señor” que, como ya saben, era inapetente sexual, quiero decir lo contrario y hasta el punto que, como el Papa de Roma no le dejaba contraer matrimonio con una amante suya, se separó de Roma y fundó la iglesia anglicana. Detrás de toda esta historia estaba la princesa Catalina, hija menor de los Reyes Católicos, que había nacido en Alcalá de Henares en 1485, un w16 de diciembre, y que murió en Gran Bretaña en 7 de enero de 1536 recluida en un castillo y manteniendo una dignidad que ninguno de la familia inglesa supo mantener. Podemos recordar que esta princesa española la mandaron a casar con el príncipe Arturo para conseguir la alianza con el reino de Inglaterra. Pero el príncipe de Gales, murió al año siguiente, y la casaron con el nuevo heredero del trono inglés, el futuro Enrique VIII, quien pronto hizo reina a Catalina (1504). Al fallecer la reina Isabel en ese mismo año, Fernando el Católico quedaba como rey de Aragón, de este modo se justifica que, en Inglaterra, Catalina fuera conocida como princesa de Aragón, puesto que desde 1504 ya no sería la hija de los reyes de Castilla y de Aragón, sino de Fernando II de Aragón. El período del reinado de esta princesa va de 1509 a 1525 y los historiadores ingleses hablan de la «época de Catalina», destacando su apoyo a la cultura, su protección a pensadores como Erasmo de Roterdam, o su preocupación por atender a los marginados y crear becas para que estudiaran alumnos sin recursos en las universidades de Oxford y Cambridge, donde ella pagaba y mantenía varias cátedras, hasta que fue recluida por el lascivo e impresentable Enrique VIII y murió de cáncer, convirtiéndose en un mito que Skahespeare llevó a la literatura en obras como “Todo es verdad”, más conocido por Enrique VIII) y Calderón de la Barca con La cisma de Inglaterra, en la que llena de poesía su persona.
Hoy, dos de diciembre podemos recordar al que fuera el gran explorador español y conquistador de México, Hernán Cortes puesto que tal día como hoy falleció en 1547. Pero, quizás tengamos que dedicar nuestro recuerdo a la memoria de ese aragonés universal que fue don Pedro Laín Entralgo, médico, filosofo, escritor, un aragonés especializado en el campo de la historia de la medicina, disciplina de la que fue catedrático en la Universidad de Madrid. Nacido en Urrea de Gaén en 1908 y muerto en Madrid en el año 2001, a los 93 años de edad, es muy complicado contar todo lo que fue y todo lo que logró, por eso, pienso que lo mejor es recordarlo como Presidente de la Real Academia Española, cargo al que llegó en 1982 y tal día como hoy para engrandecer la nómina de los aragoneses que han ocupado este cargo de dimensión internacional. Y junto a ello, hay que decir que es un español que ha recibido el prestigioso “premio Montaigne” en 1976 por considerar la trascendencia que ha tenido su obra y su pensamiento para la cultura europea. Este aragonés, que ha sido reconocido con el premio Aragón, el premio Príncipe de Asturias, o la medalla de Santa Isabel de Portugal, es un filósofo que se preguntó durante su vida por la realidad de España y lamentó profundamente esa habilidad por sentirse insatisfechos, tristemente propia de los españoles, y esa habilidad por destrozar la convivencia civil. Todo ese sentimiento complejo que inspira su famosa obra “La espera y la desesperanza”, publicada en 1975.
El 8 de noviembre de 1591 el justicia Juan V de Lanuza, de 27 años, salía de Zaragoza al mando de dos mil hombres, dispuesto a impedir la entrada o invasión de las tropas del rey Felipe II al reino de Aragón. El rey castellano estaba dispuesto a no consentir que en el reino que había heredado de su bisabuelo Fernando el Católico se permitieran ponerle trabas, discutir su autoridad y –mucho menos- alegar que en este reino y en estas tierras había que acatar lo que decían los fueros aragoneses por encima de la voluntad del rey. El Justicia cuando marcha a la frontera con Castilla, para hacer frente a los soldados castellanos que están saltando la frontera aragonesa está haciendo lo que tenía que hacer, cumplir con su deber y ajustarse a lo que había jurado defender. Por eso, hoy lo recordamos marchando a defender los fueros, iniciando una defensa militar que le costaría la vida porque Felipe II no estaba dispuesto a consentir que los aragoneses apoyaran a su secretario Antonio Pérez que huyó de la corte, acusado de un asesinato que quizás le había ordenado hacer el mismísimo rey. Por ello el 8 de noviembre las citadas tropas de Felipe II cruzaron la frontera y el 12 del mismo ocupaban Zaragoza, sin encontrar resistencia. Pero, el que iba a salir peor era el Justicia Mayor de Aragón que además sólo llevaba tres meses en el cargo y al que las autoridades zaragozanas dejaron sólo, de manera cobarde y dramática.
La Corona de Aragón, en el reinado de Jaime I (1213-1276), buscaba consolidar su poderío marítimo expandiéndose por los territorios del mar Mediterráneo (conquistas de Mallorca y Valencia), que fue continuado por el rey Pedro III de Aragón que, partiendo del principio de invisibilidad de la Corona, arrebató Sicilia al imperio francés, siendo una formidable base contra sus enemigos y un punto esencial de control de la ruta de Levante. Esta proyección, al pasar a desempeñar un papel clave, complicó enormemente la política exterior de Aragón, debido a que tuvo que enfrentarse con los Anjou, Francia y el Papado.
En aquel momento, la Corona se encontraba sola en el plano internacional, dado que no podía aliarse con Castilla, el Imperio de Oriente, los gibelinos italianos, Inglaterra o el emperador de Alemania, pues todos ellos estaban empeñados en conservar la paz con Francia o con el Papado. De esta manera, el 9 de noviembre de 1282, dada su situación política, el Papa excomulgaba a Pedro III y, en enero de 1283, le desposeía formalmente de su reino, adquiriendo la lucha contra el rey de Aragón el carácter de cruzada.
Ya en 1285, en el comienzo del fin de los sueños imperialistas de los Anjou y los teocráticos del Papado (ratificados en Anagni), habían muerto con pocas semanas de diferencia cuatro de los hombres más influyentes de Europa: el rey de la Corona de Aragón, Pedro III el Grande, el rey Felipe III de Francia, el rey Carlos I de Anjou (sobrino del monarca francés) y el Papa Martín IV, que fue sucedido por un italiano llamado Jacobo Savelli, que adoptó el nombre de Honorio IV.
Así las cosas, la cuestión de Sicilia iba a ser la razón principal de la política del nuevo rey de Aragón, Alfonso III (1285-1291), debido a las aspiraciones de Carlos de Valois al trono de la isla. En 1284, la flota aragonesa de Roger de Lauria, un marino y militar de origen italiano al servicio de la Corona de Aragón, fue atacada cerca de Nápoles por la angevina (Dinastía de la Casa de Anjou) bajo el mando de Carlos ‘el Cojo’, pero Roger, simulando retirarse hacia Castellmare, se detuvo e inició el combate en el Golfo de Nápoles, destruyendo a la flota angevina y haciendo prisionero a Carlos. Al inicio de 1285, tras la muerte de Carlos I de Anjou, Carlos II fue proclamado sucesor pero, al encontrarse preso, ejerció la regencia su sobrino Roberto.
Mientras, el segundo hijo de Pedro III, el infante Jaime, heredó Sicilia, decisión que buscaba alejar la presión internacional de la Corona de Aragón y dar cierta satisfacción al Papado, que no deseaba ver una Sicilia fuerte. En la isla, los sicilianos coronaron a Jaime como rey de Sicilia, duque de Pulla y príncipe de Capua (16 de diciembre de 1285), lo que provocó la indignación del Papa.
El objetivo inmediato de Alfonso III era conseguir que el Papa revocara la donación hecha de sus reinos al hijo del rey de Francia, Carlos de Valois, para lo cual se desarrollaron –en 1286 y 1287– una serie de intensas negociaciones con Francia, Inglaterra, Castilla y el Papa. Iniciadas en Huesca, se continuaron en París y en Olorón, acordándose la liberación del prisionero Carlos II, consumándose en el Tratado de Canfranc que, tal día como hoy, cumple 722 años. El Papa Martín IV coronó a Carlos como rey de la Sicilia continental o Nápoles (título nominal), lo que obligó a Jaime, rey de Sicilia, a combatirle, sitiando Gaeta en 1289 hasta que concertó una tregua por mediación del rey de Inglaterra.
La paz se produjo en virtud del Tratado de Tarascón (19 de febrero de 1291), en el que el rey de Aragón, abandonando su seguimiento de los gibelinos y reconociendo la soberanía del Papa, se comprometía a no prestar ayuda a su madre, Constanza, y a su hermano, Jaime de Sicilia. Obtuvo así del Papa Nicolás IV el levantamiento de la excomunión y la promesa de revocar el nombramiento hecho a favor de Carlos de Salerno. La ventaja para Jaime de Sicilia era que su hermano sólo se había comprometido a una política de neutralidad, no militar, aunque los sicilianos consideraron la paz como una traición.
La muerte de Alfonso III (16 de junio de 1291) llevó al trono de Aragón a Jaime II ‘el Justo’ (1291-1327), que dejó en Sicilia a su hermano Federico como lugarteniente, algo que indica la intención de Jaime II en retener para sí el reino de Sicilia, para lo cual buscó el apoyo de Sancho IV de Castilla, con el que firmó, el 29 de noviembre de 1291, el Tratado de Monteagudo. Pero esta alianza con Castilla, preferida a la de Francia y el Papado, era transitoria y se fue debilitando en las conversaciones de Guadalajara y de Logroño (junio de 1293), donde Jaime II consiguió que Sancho IV le devolviera los rehenes angevinos que tenía en su poder, los hijos del príncipe de Salerno.

En estos días finales de septiembre, pero del año 1104 murió el tercer rey de Aragón, de nombre Pedro I, en el Valle de Arán y sin sucesión pues sus dos hijos –el infante Pedro que casó con una hija del Cid y la infanta Isabel- murieron muy jóvenes un año antes que su padre, seguramente en una epidemia de gripe o algo similar. Su gran hazaña fue la conquista de Huesca, como consecuencia de su triunfo en la batalla de Alcoraz en noviembre del año 1096, y la historia le reconoce su disposición a ayudar a los demás reinos cristianos contra los musulmanes, en especial su colaboración con el Cid Campeador. Durante su reinado, como curiosidad que podemos recordar, Aragón era dueño de una serie de poblaciones de la actual provincia de Castellón, como Oropesa y la misma Castellón.
El 7 de septiembre de 1347, el rey Pedro IV de Aragón decide premiar a la villa de Teruel, sobre todo por su fidelidad al monarca en los malos momentos de su enfrentamiento con los poderosos del reino. Por ello, confirmando que la fidelidad es un valor muy importante en estas sociedades que basan el poder del rey en la aceptación de sus súbditos, Teruel era convertida en ciudad y así comenzaba otro período mas de su brillante devenir por la historia de un territorio que supo ser frontera de Aragón para acabar siendo puerta de Aragón hacia esas tierras valencianas que contribuyó a conquistar.