Las leyes sálicas, un cuerpo de leyes promulgadas a principios del siglo VI por el rey Clodoveo I de los francos, que debe su nombre a la tribu de los Francos Salios, fue la base de la legislación de los reyes francos hasta que en el siglo XII el reino de los francos desapareció, y con él sus leyes. Pero, con la llegada al trono español del afrancesado rey Felipe V en el año 1713, éste introduce la Ley Sálica (del latín Lex Salica) que dictaminaba que las mujeres sólo podrían heredar el trono de no haber herederos varones en la línea principal (hijos) o lateral (hermanos y sobrinos), prohibiendo que accedieran al trono las mujeres de la dinastía Borbón, descendiente de Francia.
Sin embargo, en España nunca había habido una ley que impidiera a las mujeres reinar, y en su historia se encuentran grandes ejemplos, tales como Isabel I de Castilla (entre 1474 y 1504) o Petronila de Aragón (entre 1157 y 1164).
Así, hasta la llegada al trono de Fernando VII en 1813, a quien le tocara liderar la Guerra de la Independencia, no hubo problemas con dicha Ley. Un monarca, considerado como ‘el Deseado’ –aunque su historial no era nada alentador, dado que se reveló contra su padre en 1808, a quien montaba todas las madrugadas unos escándalos en Aranjuez cuando se iba de veraneo, contratando a los pobres de Madrid para que asaltaran el Palacio en la madrugada, indicándole a su padre que estaban en una especie de asalto de la población–, que iba a tener un serio problema, puesto que tuvo como descendientes y herederas a dos hijas (sus hijos varones fallecieron): la princesa Isabel (1830) y la infanta Luisa Fernanda (1832).
Fue hábil la mujer del monarca, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, dado que a la primera le pusieron el nombre de Isabel, por lo que pudiera ocurrir, pues sería complicado aseverar que las mujeres no podían reinar, cuando ésta sería Isabel II, significando que hubo una Isabel I (‘la Católica’). Pero la familia Borbón le presionó y Fernando VII firmó, el 31 de marzo de 1830, la pragmática sanción, prohibiendo a las mujeres acceder al trono de España.
En el momento de la firma, Fernando VII había quedado viudo por tercera vez, sin descendencia, y contrajo un nuevo matrimonio con María Cristina en 1829. Pero, a finales de marzo de 1830, ésta quedó embarazada y, ante la posibilidad de tener un heredero, el 31 de marzo de 1830, el rey, en su lecho de muerte, tomó la decisión de revocar la ley, sin autorización siquiera de las Cortes, e Isabel fue nombrada heredera a la Corona el 12 de diciembre de 1830, siendo una niña pequeña, bajo la tutela de su madre.
El nacimiento de Isabel II y su llegada al trono, fueron hechos que ni disgustaron ni resultaron raros a los ojos de la población, teniendo en la memoria los fastos de Isabel I. Algo que se demuestra, por ejemplo, en la ciudad de Zaragoza, con la construcción de la Fuente de la Princesa (1833), en homenaje a la que sería la reina Isabel II, que fue colocada en la actual plaza de España, y encontrándose –hoy en día– en el Parque Grande.
Esta aceptación, tanto por parte de la población como de los partidos políticos, hizo que su madre, Maria Cristina de Borbón-Dos Sicilias, se hiciera cargo del trono y gobernara con una regencia abierta en nombre de Isabel. Pero el problema se inició con la negativa de su cuñado en Francia, el hermano del rey Carlos María Isidro de Borbón, puesto que nos encontrábamos ante una mujer liberal que pensaba que había de abandonarse la monarquía absolutista, debiendo compartir el poder con la población (Cortes Generales, partidos políticos, etc). Por tanto, había que modificar y modernizar España, quitando a la Iglesia –con la desamortización de Mendizábal– la tierra, que tenía mucha y no cultivada, para que pudiera ser labrada por la gente; también tenía que conseguir que la gente viajara, para conectar el país, por lo que puso en marcha la revolución de los transportes y el inicio del tren en España; y, por último, debía dividir España de manera diferente, pues no se podía seguir hablando del Reino de Aragón o de Castilla, inventándose las provincias. Es decir, que su peso en la historia de este país es absolutamente relevante.
Sin duda, hablamos de una mujer moderna y revolucionaria para su época, que planteó un nuevo Estado que acabase con el Antiguo Régimen. Y, frente a ella, se encontraba la España del absolutismo y lo tradicional. Así, en el año 1827, los curas catalanes se sublevaron contra estas medidas, originándose la que hoy llamamos la “Revuelta de los Agraviados”, que sería el origen de las Guerras Carlistas (1833-40, 1846-49 y 1872-76), llamadas así por la oposición del príncipe Carlos María Isidro de Borbón, que indicaba que había una pragmática que prohibía reinar a las mujeres y, por lo tanto, él debía ser el rey de España, en contra de los intereses de su sobrina.
Se trataban, sobre todo, de guerras civiles, aunque tuvieron su impacto en el exterior, puesto que los países absolutistas (Imperio austríaco, Imperio ruso y Prusia) y el Papado apoyaban aparentemente a los carlistas; mientras que el Reino Unido, Francia y Portugal apoyaban a Isabel II, que se traduciría –al final– en la firma del Tratado de la Cuádruple Alianza en 1834.
Así, centrándonos ya en la zaragozana noche del 4 de marzo de 1838, más de dos mil soldados carlistas, así como trescientos hombres a caballería –que defendían la Puerta del Carmen–, entraron en la ciudad liderados por Juan Cabañero y Esponera. Unos se adentraron por el Coso hacia la Plaza San Francisco (actual Plaza de España), otros fueron al Cuartel de la Victoria y, un tercer grupo, se dirigió a la Plaza del Mercado; todo ello con la intención de desarmar al ejército y cortar el Coso Bajo, dado que era un arteria fundamental de la ciudad y, por tanto, facilitaba controlarla; además, controlando la Plaza del Mercado, evitaban que hubiera actividad y bloqueaban otra gran presencia de ciudadanos.
A partir de las cinco de la mañana, comienzaron a escucharse en la ciudad gritos a favor de Carlos María Isidro de Borbón y contra Isabel II, entrando el ejército de caballería por la Puerta del Carmen. En ese momento, los ciudadanos de Zaragoza se dieron cuenta que la ciudad estaba ocupada por los carlistas, pero los zaragozanos eran personas ya experimentadas en este tipo de situaciones, no en vano habían sufrido treinta años antes los Sitios de Zaragoza en la Guerra de la Independencia, y sabían como luchar contra los invasores, por lo que, al grito de “Zaragoza está invadida”, comenzó el conflicto armado.
Los carlistas, dado que las calles estaban repletas de muebles, enseres, somieres, etc., que los ciudadanos tiraron desde sus ventanas, decidieron sacar fuera de la ciudad a la caballería por la Puerta del Carmen y la Puerta de Santa Engracia, dejando sólo a los infantes, que se atrincheraron en San Pablo pero, al no conseguir tomar la ciudad en su totalidad, dada la fiera resistencia de sus habitantes, que respondieron al ataque armados con cuchillos, utensilios de cocina y agricultura, armas de caza y aceite y agua hirviendo, al igual que la noticia de que se acercaba –volviendo a sus cuarteles– la tropa isabelina (que se había sublevado contra el General Esteller, recientemente nombrado Gobernador militar de Zaragoza, que, incomprensiblemente, no ordenó a sus tropas la defensa de la ciudad), los carlistas abandonaron inmediatamente la ciudad.
Por ello, hoy celebramos la festividad popular zaragozana, denominada “Cincomarzada”, que conmemora el heroico comportamiento de sus ciudadanos durante esta batalla de la Primera Guerra Carlista. Y, aunque actualmente se realizan comidas campestres y múltiples festejos, como conciertos, bailes, humor, etc., tradicionalmente se recordaba con una ingesta de chocolate caliente, pues se cuenta que Cabañero, nada más ocupar la ciudad, entró en una chocolatería y pidió un tazón de chocolate caliente pero tuvo que huir sin haberlo probado y, en 1840, unido tras el Convenio de Oñate (Abrazo de Vergara), entró en Zaragoza formando parte de las tropas isabelinas que habían de combatir a Cabrera pero, cuando los zaragozanos le vieron desfilar por sus calles, le gritaron: «¡Cabañero, que se te ha enfriado el chocolate!».
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