Archivo para el mes de marzo de 2010

Recordando el debut de Miguel Fleta en el Real de Madrid

7 de marzo de 2010     Publicado por Orlando Suarez Camara    

“Lo vulgar es el ronquido; lo inverosímil, el sueño. La humanidad ronca, pero el artista está en la obligación de hacerla soñar o no es artista” (Jardiel Poncela)

Carmen de BizetTal día como hoy, en el año 1922, se estrenaba en el Teatro Real de Madrid el que iba a ser considerado como el mejor tenor de todos los tiempos, el aragonés Miguel Fleta, que poseía una excepcional voz de tenor que cubría desde el barítono hasta el tenor y dotada de un prodigioso ‘aire’ que le facultaba un fraseo prodigioso y una messa di voce que hacía de él un tenor con exquisito sentido de la cantilena y siendo, para mí, el gran exponente de las obras del inigualable compositor dramático italiano, Giacomo Puccini, como demuestra su participación en el estreno póstumo de Turandot, en 1926, en la Scala de Milán, bajo la dirección de Arturo Toscanini.

Tras varias tentativas, Amézola, empresario del Teatro Real de Madrid, logró contratar a Fleta para cantar Tosca, La Bohème, Carmen y Aida, en una temporada que no discurría nada bien en el aspecto económico, que conllevó una muy escasa campaña publicitaria. Pero el éxito, sin precedentes, de su debut con Carmen, el 7 de marzo, fue definitivo para enderezar la maltrecha economía del Teatro, que aún fue mayor, considerando que ocurrió en el feudo de Julián Gayarre y Giuseppe Anselmi y que, además, por indisposición de la mezzo soprano Gabriella Besanzoni, ésta fue sustituida por otra cantante menos conocida.

Así, al final del primer acto, los periodistas se lanzaron a los teléfonos para reclamar a sus directores mayor espacio para sus crónicas, como puede verse –por ejemplo– en el artículo del diario ABC, de 8 de marzo:


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Tras su debut, en la función de gala se pagaron las entradas a diez veces su precio, estando presente toda la aristocracia de la política, del arte, de la ciencia, el mismísimo Alfonso XIII, así como la madre y hermanos del artista, que abarrotaron un Real que vivió un éxito aún mayor, si cabe, que en la primera representación. Razón evidente por la que Fleta fue llevado a hombros por la calle de Arenal y Puerta del Sol hasta el Hotel París, y no sería la única vez, así como los telegramas de felicitación del propio alcalde de Zaragoza, José Sancho Arroyo, como demuestran las páginas del diario La Vanguardia de los días 12 y 14 de marzo de 1922:

 
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En total, Miguel Fleta ofreció cuatro representaciones de Carmen y cinco de Tosca, con un triunfo que superó, según algunos, a los mayores de Julián Gayarre y de Adelina Patti, señalándole los críticos como la mejor voz de los últimos años, alabando la igualdad y hermosura de la misma.

Y, para finalizar este artículo, he querido subir a la Red y publicar un programa de Radio Ebro (año 2000), titulado “Los amigos del Bel canto” (de una hora de duración), que rindió emotivo homenaje a Miguel Fleta, en el cual sus dos distinguidos invitados (mi abuela Pilar Gazo y mi tío Antonio Gazo –D.E.P.–), bajo la dirección de Miguel Ángel Santolaria, ilustraron la magnificencia de su voz y recordaron la satisfacción que tuvieron de escuchar en vivo al mejor tenor de todos los tiempos:

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Las zaragozanas de 1838 en la Cincomarzada…

5 de marzo de 2010     Publicado por Domingo Buesa Conde    

Muchas veces es bueno recrear los escenarios históricos para hacernos una idea más certera de los acontecimientos. Y, este acercamiento a los momentos, se puede hacer desde muchas ventanas. Hoy, al hilo de la fiesta de la Cincomarzada, vamos a intentar recuperar las figuras de las mujeres que poblaban las calles y los salones de aquella ciudad del año 1838 que sufrió un ataque carlista el 5 de marzo. Serían como esta que os aporto, con sus trajes a la moda francesa, con sus gorros y sombreros, con la elegancia y distinción que siempre ha tenido la mujer zaragozana a la que gustaba hacer una intensa vida social que tan pronto la llevaba a pasear por el paseo hacia santa Engracia, entonces el naciente Paseo de la Independencia, como a buscar la frescura del Canal en las tardes del verano…

Y, ahora, le toca el turno a vuestra imaginación


El día 5 de marzo en Zaragoza

5 de marzo de 2010     Publicado por Domingo Buesa Conde    

Hoy cinco de marzo en Zaragoza recordamos, con la fiesta de la Cincomarzada, el fracaso del ataque de los carlistas a la ciudad en las contiendas que se suceden con ocasión de la Primera Guerra Carlista. Y relacionada con la reina Isabel II, contra la que los carlistas se habían levantado pues consideraban que no podía gobernar, está la segunda efeméride del día y es la concesión a Sevilla, el 5 de marzo de 1847, del Privilegio de feria que abría la posibilidad de que se creara la Feria de Abril. Y en los orígenes de este magno evento, celebrado en el barrio de los Remedios, dos personas fueron las que jugaron el papel de inspiradores: el vasco José María de Ybarra y el catalán Narciso Bonaplata, quienes, de acuerdo con ganaderos y agricultores, ponen en manos del Ayuntamiento de la ciudad el proyecto de la feria más famosa de España. Y nunca mejor dicho, de España y diseñada por gentes de las tierras de España… Treinta años después de crearse, llegaría a sus puertas la propia reina de España acompañada por el alcalde Ybarra.

Hoy también es el día de san Piran de Cornualles, al que celebran los cómicos del mundo, y el día del Misionero en Tahití.


Cerbuna, recordando al fundador de nuestra Universidad

5 de marzo de 2010     Publicado por Orlando Suarez Camara    

“El secreto de la sabiduría, del poder y del conocimiento es la humildad” (Ernest Hemingway)

Hoy es un día muy especial para la Universidad de Zaragoza pues, tal día como hoy, en el año 1597, falleció en Calatayud (Zaragoza) el hijo de Juan Cerbuna y de Leonor Negro, una de las personalidades más destacadas de la decimosexta centuria, uno de esos hombres útiles que nuestra tierra aragonesa produce y cuya labor, escapándose de una tarea puramente teórica, alcanza su fama con la realización de una obra bien hecha y perdurable, en este caso el de la propia Universidad, que, si fundada por privilegio de Carlos I el 10 de septiembre de 1542, no llegó a ser una realidad hasta el 24 de mayo de 1583, gracias a la infatigable labor del que fuese Obispo de Tarazona y administrador apostólico de Calahorra, esto es, Pedro Cerbuna Negro, a quien corresponde –con pleno derecho– el título de fundador de la Universidad cesaraugustana.

Cerbuna, nacido en Fonz (Huesca) en el seno de una familia hidalga, fue un hombre dotado de grandes cualidades morales e intelectuales, entre las que conviene destacar su tenacidad y humildad. Este ribagorzano alcanzó la ordenación sacerdotal en Lérida en 1564, tras estudiar en Huesca, Valencia, Lérida y, finalmente, Salamanca, donde alcanzó su doctorado en Teología, un ańo antes de su ordenación sacerdotal. Paralelamente a sus triunfos académicos, se abrió para este sacerdote una gran carrera eclesiástica: profesor de Teología en el seminario y vicario general de la diócesis de Lérida entre 1563 y 1575; canónigo penitenciario y visitador de la diócesis de Huesca entre 1575 y 1583; canónigo y vicario general del arzobispado de Zaragoza de 1583 a 1585, alternó sus servicios eclesiásticos con la tarea universitaria fundacional.

Tras ello, presentado por Felipe II para el obispado de Tarazona, fue consagrado como prelado de la diócesis de San Atilano el 24 de noviembre de 1585, haciendo su entrada en su diócesis muy poco después. Allí fundó un colegio de jesuitas, bajo la advocación de San Vicente mártir, y el seminario, dedicado a San Gaudioso. Sixto V lo nombró administrador apostólico de Calahorra, cargo que aceptó por pura obediencia.

Bibliografía: Jiménez Catalán, Manuel y Sinués y Urbiola, José: “Historia de la Real y Pontificia Universidad de Zaragoza”; Zaragoza, 1933-37.


La CHE, vigilando la cuenca del Ebro durante 84 años…

5 de marzo de 2010     Publicado por Orlando Suarez Camara    

“La naturaleza benigna provee de manera que en cualquier parte halles algo que aprender” (Leonardo da Vinci)

Por un Real Decreto, de 5 de marzo de 1926, nacieron en España las denominadas Confederaciones Sindicales Hidrográficas (CSH), aprobándose por otro Real Decreto –de igual fecha– la constitución de la del Ebro, la más importante de las diez que han llegado a crearse en el territorio peninsular, y no sólo por la significación económica de la cuenca, sino por la trascendencia de los logros obtenidos.

Si bien no puede hablarse estrictamente de unos antecedentes concretos, es indudable que la prédica regeneracionista de Joaquín Costa y Lucas Mallada, sus desvelos en pro de una política hidráulica favorable a los riegos, y la consagración que, en razón a la mancomunidad de intereses a que dan lugar los aprovechamientos colectivos de aguas públicas, encontraron en las Leyes de Aguas (de 1866 y 1879) las tradicionales fórmulas asociativas de usuarios, bien merece tal consideración respecto de esa genial anticipación histórica que fueron las C.S.H., nacidas –al igual que, posteriormente, la Compagnie Nationale du Rhöne, en Francia, y la Tennessee Valley Authority, en Estados Unidos– como fruto de una teoría económica espacial que, entre las dos guerras mundiales, busca resolver problemas específicos de áreas delimitadas a base de la revalorización de sus recursos naturales.

No obstante, habrían de transcurrir más de cuarenta años para que el concepto de cuenca hidrográfica, como unidad de gestión de los recursos hídricos, alcanzara el valor universal que le confiere la Carta del Agua (Estrasburgo, 1968). Y algunos hitos destacados en el largo proceso de mentalización nacional fueron el Primer Plan Nacional de Obras Hidráulicas (1902), la Ley sobre auxilios del Estado a la iniciativa privada (de 7 de julio de 1911) y, de manera muy especial, la Ley sobre el Plan de Riegos del Alto Aragón (de 7 de enero de 1915), una vez superada la idea de un Estado abstencionista y con un tratamiento unitario de la obra hidráulica y la colonización del territorio.

Así, el Decreto de 6 de julio de 1917, institucionalizando el Sindicato Central de Riegos del Alto Aragón y abriendo a los usuarios el cauce participativo de la Junta de Obras, constituye su precedente más inmediato, siendo el artífice de este planteamiento el ingeniero Manuel Lorenzo Pardo, autor asimismo, al amparo de la preocupación que la Dictadura siente por las obras públicas y con el apoyo de la Academia de Ciencias de Zaragoza, del proyecto que sirve de base al Real Decreto por el que, a propuesta de Rafael Benjumea y Burín (Conde de Guadalhorce), ministro de Fomento, se crean las Confederaciones.

Y, de igual manera, mediante el ya mencionado Real Decreto, de cuya conformidad hoy se cumplen 84 años, se creó la Confederación Sindical Hidrográfica del Ebro (C.S.H.), con capitalidad en Zaragoza, aprobándose posteriormente –R. D. de 23 de agosto de 1926– el reglamento de la C.S.H.E. tras la campaña de divulgación dirigida a todo el país, siendo Antonio de Gregorio Rocasolano su primer delegado regio, y el propio Manuel Lorenzo Pardo su director técnico.

Actualmente, la C.H.E. es un organismo autónomo dependiente del Ministerio de Medio Ambiente, cuyas funciones están reguladas en el artículo 25 del Real Decreto 927/1988, que aprueba el Reglamento de la Administración Pública del Agua y de la Planificación Hidrológica.

Bibliografía: Revista de la C.S.H.E. y M.H.E. (67 números), Zaragoza, 1927-1933. Publicaciones monográficas de la C.S.H.E., M.H.E. y C.H.E. (36 volúmenes); Zaragoza 1926-1936. Lorenzo Pardo, Manuel: “La Confederación del Ebro. Nueva Política hidráulica”; Madrid, 1930. Memoria de la C.H.E. (1936-45)Zaragoza, 1945. Martín-Retortillo, Sebastián: “Trayectoria y significación de las Confederaciones Hidrográfica”.


Santa Engracia cumple 128 años como Monumento Nacional

4 de marzo de 2010     Publicado por Orlando Suarez Camara    

Vía GEA | La historia del monasterio zaragozano de Santa Engracia está estrechamente relacionada con los momentos culminantes del pasado de la ciudad y hasta con la expansión de su recinto urbano hacia el río Huerva y por los actuales barrios de Torrero y de la Romareda. Sus orígenes se identifican con los primeros tiempos del Cristianismo, pues están estrechamente vinculados a la piadosa tradición de los innumerables Mártires causados por la persecución decretada por Diocleciano en el año 304, y ejecutada por el dudoso personaje histórico del gobernador Daciano, cuyas víctimas cristianas, entre las que figuraba Santa Engracia, fueron sepultadas o, al menos, sus restos en la zona extramuros de la ciudad, en el lugar en el que actualmente se encuentra la iglesia que hoy me ocupa ya que, tal día como hoy, en 1882, fue declarada Monumento Nacional.

El testimonio más preclaro de este primitivo martirio es el de los versos de Aurelio Prudencio Clemente en el himno IV de su Peristephanon, aunque alude solamente a dieciocho víctimas inmoladas, reducida cifra que antiguas y piadosas tradiciones elevan a unas diecisiete mil y, por ello, denominada como “Innumerables”.

Así, este pozo martirial dio lugar al alzamiento de un templo cristiano llamado monasterio de las Santas Masas o Santa María de las Santas Masas, que en la era constantiniana, más concretamente en los tiempos de los godos, se consolidó como tal. Parece ser que a su cuidado estuvo en la primera época de la Edad Media una comunidad benedictina. En los años visigodos, según el testimonio histórico de Zurita y Blancas, sus muros y celdas fueron testigos de la actividad cristiana de los obispos zaragozanos Juan y Máximo y aún de las producciones de San Braulio, pues consta que en el siglo VIII de nuestra era, el templo era conocido como basílica de los Dieciocho Mártires.

Durante la dominación musulmana, persiste como iglesia cristiana y, antes de la reconquista de Zaragoza, se menciona al obispo cesaraugustano Paterno, que en 1063 transfiere, en el concilio de Jaca, el monasterio de Santa Engracia a la jurisdicción de la sede de Huesca, situación original que ha persistido hasta la época contemporánea y que ha dado lugar a un prolongado litigio entre las diócesis cesaraugustana y oscense, cuidadosamente estudiado en su tesis doctoral publicada por la Institución “Fernando el Católico” en 1948 por el zaragozano Miguel Montserrat Gámiz. Sin embargo, la trascendental importancia del edificio del monasterio de Santa Engracia cobra su interés máximo en el tránsito de los días del medievo a las primeras épocas moderno-renacentistas. Si ya en el siglo XV fue notable la actividad reconstructora del arzobispo zaragozano Dalmau de Mur, a fines de dicha centuria sería el gran monarca Juan II de Aragón quien promovió su nueva edificación como promesa de gratitud a la intervención sobrenatural de Santa Engracia en la curación de su casi ceguera, que había sentido aliviarse cuando posó sus ojos, enfermos de cataratas, junto al clavo del martirio de la Santa.

No obstante, dificultades económicas le impidieron hacer efectiva su promesa, allá por 1468, y transfirió a su hijo y sucesor, Fernando II el Católico, el cumplimiento de la misma, quien así lo hizo a comienzos del siglo XVI y el monasterio de Santa Engracia iba a ser espejo y modelo nacional de la mejor arquitectura plateresca. Su fina y espléndida portada, trazada por los Gil Morlanes, padre e hijo, sería el testimonio que afortunadamente ha llegado a nuestros días de la calidad excelsa de un arte que se enriquecía asimismo por el soberbio claustro gótico-mudéjar que levantó fray Martín Vasa con las soberbias esculturas de Alonso de Berruguete y con su ricamente dotada biblioteca, en la que trabajó el insigne Jerónimo Zurita y tantas y tantas obras que convirtieron a este templo prolongado y mantenido por los productos de la notoria huerta de Santa Engracia en una de las glorias del fecundo y brillante Renacimiento espańol.

De esta manera, por Real Orden del ańo 1882, el Monasterio de Santa Engracia se declaró Monumento Nacional, lo cual posibilitó que el 3 de noviembre de 1891 se colocara la primera piedra por D. Vicente Alda, por entonces obispo de Huesca. Se inauguró el 16 de abril de 1899, tras ser dirigida la reedificación por los arquitectos Ricardo Magdalena y Julio Bravo, mientras que la fachada plateresca fue restaurada por el escultor Carlos Palao. El techo del crucero fue restaurado por el pintor Joaquín Pallarés, y los escultores Eusebio Arnau y Juan Llimona son autores de las estatuas de San Lorenzo, San Agustín, San Vicente Mártir, San Jerónimo, San Pedro Nolasco, San Vicente Mártir y San José de Calasanz.

Ya en el siglo XX, en 1956, el templo se integró a la Archidiócesis de Zaragoza, iniciándose una serie de obras para modernizarlo, sobre todo, tras la llegada de Mariano Mainar como párroco. Mientras, en los años ochenta se recupera la capilla de las Santas Masas y, en 1991, año en el que el Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española concede el Nihil Obstat y el Visto Bueno de la Conferencia Episcopal para que el templo de Santa Engracia sea declarado Basílica Menor, el arquitecto Heliodoro Dols y Fernando Torra Puigdellivol fueron los encargados de restaurar la fachada y su portada, que se inauguraron en 1993. Años más tarde, en 1998, Heliodoro Dols amplió la iglesia en su fachada trasera, respetándose el edificio original, pero con conceptos actuales.

Bibliografía: Laguéns Moliner, Manuel: “Notas sobre la historia de la Parroquia y Monasterio de Santa Engracia, años 1737-1920″ (Zaragoza, 1999). Índices de M.I. Yagüe Ferrer.


146 años de la primera ‘carta desde la celda’ de Bécquer

3 de marzo de 2010     Publicado por Orlando Suarez Camara    

“Cambiar de horizontes, cambiar de método de vida y de atmósfera, es provechoso a la salud y a la inteligencia” (Gustavo A. Bécquer)

Hoy hace 146 años, en 1864, de la publicación de la primera de las Cartas desde mi celda de Gustavo Adolfo Bécquer, el gran poeta y narrador sevillano, perteneciente al movimiento del Romanticismo, que hizo triunfar la concepción contemporánea de la poesía, la del visionario que, en un proceso alejado de la conciencia y aún de la lógica, transformaba la experiencia inicial en un motivo sometido a una elaboración esencial.

Un devenir de percepciones, sonidos, luces, templos y leyendas, en el que Aragón ocupó un lugar protagonista, dada la experiencia vivida por Bécquer en el monasterio de Veruela y en la contemplación del somontano del Moncayo, que se detalla en dichas “Cartas literarias desde mi celda”, publicadas en las páginas de El Contemporáneo (entre el 3 de marzo y el 6 de octubre de 1864) y escritas desde el propio monasterio, lugar donde acudió por motivos de salud.

En esas cartas, ensayos confidenciales, se hace patente la sugestión ante sonidos y colores, y un sentimiento del paisaje ya definitivo. De un lado, se cristaliza la percepción de lo sensorial y, por otro, se percibe una escenografía en la que el poeta revivió historias lejanas, mágicas y las viejas tradiciones aragonesas. Y, como muestra de lo decisivo que resultó su contacto con Aragón, cabe citar la celebración del Congreso Internacional Los Bécquer y el Moncayo, coordinado por el profesor Jesús Rubio, que tuvo lugar en Veruela y Tarazona en septiembre de 1990. En dicho congreso, expertos de varios países analizaron diversos aspectos de la obra de Gustavo Adolfo Bécquer y de su hermano Valeriano, entre ellos, la influencia que las localidades aragonesas citadas tuvieron en la producción artística de ambos hermanos.

Y, a modo de homenaje, quiero reproducir –a continuación– el primer párrafo de esa carta que, tal día como hoy, fue publicada por El Contemporáneo, un diario conservador dirigido por José Luis Albareda (ministro de Fomento durante el reinado de Alfonso XII y ministro de Gobernación durante la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena) y puesto en marcha por Luis González Bravo (diputado por Cádiz en 1841 y presidente del Consejo de Ministros entre 1843 y 1844) en el siglo XIX:

“Heme aquí transportado de la noche a la mañana a mi escondido valle de Veruela; heme aquí instalado de nuevo en el oscuro rincón del cual salí por un momento para tener el gusto de estrecharos la mano una vez más, fumar un cigarro juntos, charlar un poco y recordar las agradables, aunque inquietas, horas de mi antigua vida. Cuando se deja una ciudad por otra, particularmente hoy, que todos los grandes centros de población se parecen, apenas se percibe el aislamiento en que nos encontramos, antojándosenos, al ver la identidad de los edificios, los trajes y las costumbres, que al volver la primera esquina vamos a hallar la casa a que concurríamos, las personas que estimábamos, las gentes a quienes teníamos costumbre de ver y hablar de continuo. En el fondo de este valle, cuya melancólica belleza impresiona profundamente, cuyo eterno silencio agrada y sobrecoge a la vez, diríase, por el contrario, que los montes que lo cierran como un valladar inaccesible, nos separan por completo del mundo. ¡Tan notable es el contraste de cuanto se ofrece a nuestros ojos; tan vagos y perdidos quedan al confundirse entre la multitud de nuevas ideas y sensaciones los recuerdos de las cosas más recientes!”.


104 años del primer concierto de la Filarmónica de Zaragoza

2 de marzo de 2010     Publicado por Orlando Suarez Camara    

“Error funesto es decir que hay que comprender la música para gozar de ella. La música no se hace, ni debe jamás hacerse para que se comprenda, sino para que se sienta” (Manuel de Falla y Matheu)

Vía GEA | El día 2 de marzo de 1906, ofrecía su primer concierto la Sociedad Filarmónica de Zaragoza en el Palacio de los Pardo, en la calle Espoz y Mina de esta ciudad, cumpliéndose así los anhelos y esfuerzos de un grupo de melómanos zaragozanos que quisieron dotar a su ciudad de una sociedad de conciertos que, al igual que las recién aparecidas en otras ciudades españolas (Las Palmas, Bilbao, Oviedo y Valencia), ofreciera con regularidad sesiones musicales, llenando el vacío que –con respecto al arte de los sonidos– se dejaba sentir en la Zaragoza de principios de la actual centuria. Pronto, los conciertos de la Filarmónica fueron adquiriendo prestigio, aumentando tan considerablemente el número de sus asociados que hubo de cambiarse el salón de los Pardo por el escenario del Teatro Principal para pasar, posteriormente, al Auditorio.

Desde aquella lejana fecha de celebración del primer concierto, a cargo del Quinteto Ballo, son más de 1.000 las sesiones ofrecidas por la prestigiosa entidad zaragozana (concretamente, el 24 de junio de 2000 celebraron su sesión 1.273), pudiendo afirmarse que han actuado en nuestra ciudad, presentados por la Sociedad Filarmónica, los más importantes y famosos artistas de la interpretación musical del siglo XX. La historia de la Sociedad Filarmónica es, sin duda, la historia de la música en Zaragoza y la colección de programas de las sesiones por ella organizadas un documento valiosísimo para conocer lo que se ha hecho en música en nuestra ciudad.

Numerosos compositores han honrado las sesiones de la Filarmónica de Zaragoza, pudiendo citarse entre otros a: Enrique Granados, Joaquín Larregla, Joaquín Turina, Joaquín Nin, Óscar Esplá, Joaquín Rodrigo y Federico Mompou, entre los espańoles, y Maurice Ravel, Alfredo Casella o Ígor Strawinski, entre los extranjeros.

Pretender hacer una relación de los artistas y conjuntos que han desfilado por la Sociedad sería interminable, únicamente y a modo indicativo, cabría señalar la presencia en Zaragoza de artistas de la talla de Wanda Landowska, Ricardo Viñes, Édouard Risler, Jacques Thibaud, Arthur Rubinstein, Gaspar Cassadó, Pau Casals, Alfred Cortot, José Iturbi, Blanca Selva, Joseph Szigeti, Magda Tagliaferro, Eduardo del Pueyo, Nathan Milstein, Vladimir Horowitz, Artur Schnabel, Robert Casadesus, Andrés Segovia, Ángeles Ottein, Ofelia Nieto, Victoria de los Ángeles, Teresa Berganza, Pilar Lorengar, Claudio Arrau, Zino Francescatti, Luis Galve, Christian Ferras, Alexis Weissenberg, Alicia de Larrocha, Renata Scotto o la recientemente homenajeada por la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, Pilar Bayona, entre tantos otros.

Particular interés de la Filarmónica de Zaragoza ha sido el promocionar y dar a conocer a través de sus conciertos a los artistas y conjuntos locales. Así, nuestros pianistas de proyección internacional, Pilar Bayona y Eduardo del Pueyo, dieron el primer recital de su carrera en la Sociedad Filarmónica de su ciudad, actuando en sus sesiones en innumerables ocasiones. Igualmente, Luis Galve fue asiduo invitado para actuar en los conciertos de la Filarmónica. Asimismo, las diversas formaciones orquestales y corales aparecidas en Zaragoza han tenido su sitio en los conciertos de la Sociedad.

Desde su creación, han ostentado la presidencia de la Sociedad Filarmónica de Zaragoza Paulino Savirón, Mariano de Lafiguera, Fausto Gavín, Enrique de la Figuera o José Antonio Pérez Páramo, que lo es en la actualidad desde el año 2000.


En Memoria del obispo Belda de Jaca

1 de marzo de 2010     Publicado por Domingo Buesa Conde    

El 22 de febrero pasado fallecía en Huesca el obispo Juan Ángel Belda Dardiñá, con 83 años de edad y una importante carrera a sus espaldas que le ha llevado a ser profesor de Derecho en Deusto, en el ICADE, obispo de Jaca entre 1978 y 1983, administrador apostólico de Tarazona, y obispo de León, hasta el año 1987, en cuya catedral ha sido enterrado. Lo conocí durante su episcopado jacetano y él fue la persona que me invitó a trabajar en la historia de la diócesis de Jaca y en la organización de su Archivo Diocesano. Hoy, treinta años después, no tengo más que gratitud para este obispo que entendió maravillosamente que era necesario acometer la apertura de los archivos eclesiásticos de Jaca. Y además lo entendió en aquellos años, que no son los de ahora y no estaban tan propicios a estas medidas. El obispo Belda, al que conocí cuando visitó una mañana el Instituto de Jaca en el que yo trabajaba, supo ganarse el afecto y el cariño de todos nosotros.